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¿Por qué oBscuro?

Su origen es del latin obscūrus, su significado es "lo que carece de luz". La RAE la considera sinónimo de "oscuro", y recomienda usar la forma más simple, entre ellas dos.
Pero la obscuridad humana, lleva una B en el medio. Es compleja, innecesaria, desmedidamente bella, suburbio de lo social. Y es momento de mostrarlo, crudo... así como vino al mundo.

jueves, 27 de agosto de 2020

Difusa Musa Maltrecha Disoluta

 Una carrera que corro contra mí misma. Una búsqueda del tesoro que escondí hace tiempo y ya no recuerdo bien dónde está, o intento olvidarlo a cada paso para poder darle sentido al camino.

 Camino que a veces me parece recorrido, y otras, lo veo tan desconocido que atenta contra mis propias certezas.

 Es el intento obstinado de darme de lleno contra un buen pretexto que me haga dejar de ser yo misma, empezar otra vez a ser quien todavía no soy, pero que en algún pasado quise ser. Esa excusa será musa que dará rienda suelta a la cordura que me anida y así podes escribir un texto desatado, desenfrenado e inconexo. A la vez, que sea recatado, fiel a los hechos, que se entienda, se quiera compartir.

 En algunas ocasiones, la musa renace de la noche como una luna llena; otras veces, como una noche sin estrellas; y, muchas otras, como un amor incomprendido, sobrevalorado. En varias ocasiones, cuando más la busco, esta doncella empedernida escatima todos mis intentos de hallarla para fundirse en el brillo de las hojas de los árboles, en el gris del pavimento, en el reflejo del cielo en el agua.

 Es ahí cuando me inhibo, me pongo arisca, me encapricho. Ella es mía, sólo mía, aún cuando es todos los hombres, todas las mujeres, todas las disidencias, todas las criaturas vivas. Me pertenece cuando la poseo, y se desvanece cuando la pierdo. Deja de existir para mí y deja de ser para todos.

De repente, llega. Así, caminando atontada, malcriada, mimada. Despojada de cualquier prejuicio, inocente. De esa inocencia que molesta y lastima. Se acerca sin disculpar su ausencia, ni comentar cuánto tiempo se queda. Hay que estar con ella, aprovecharse de su inmadurez, usarla, ultrajarla. Y hasta parece contenta con su sonrisa aprobadora, provocativa, altiva y desafiante.

La veo de cabellos largos. Unas veces son ondulados; otras, lacios. Sueltos y enredados. Sujetos, bien peinados. Como una ninfa, siempre. Bella. Pide llamarla Amor. O Dolor.

No tiene límite ni vergüenza. No tiene cara ni sexo. Simplemente es ese pelo de ninfa descalza, sin cabeza ni pies. Y siempre libre e irresoluta, me desencaja.


08/02/2008
FE DE ERRATAS
Donde dice "aprovecharse de su inmadurez, usarla, ultrajarla", debería decir aprovecharse de su inmadurez, usarla, consentirla, encarnarla" o cualquier otra clase, fórmula de palabras que desestime por completo cualquier idea que avale el abuso sobre un cuerpo.

viernes, 12 de junio de 2020

UN LUGAR DISTINTO


Caminando entre perdidas historias, perdí la mía también. 
Te fijaste en mi camino, ¿no viste que nunca fue de a dos?
Vos sos vos, yo soy yo. 
Y la luna nos ata. 
Vos y Yo somos dos, 
pero nuestros caminos son distintos.
Los pies cansados de tanto patear.
La mente ida de tanto volar.
El vientre contraído de tanto reír.
Los ojos rojos de tanto llorar.

Cada arruga que me tajea la piel, 
cada momento que me marcó la vida.
La experiencia suma.
Vivir, suma.
Hablar con desconocidos, suma.
Cantar en voz alta en la calle, suma.
Y si inventás algún pasito, multiplica.

Quemar neuronas, resta.
Caminar bajo la lluvia, suma.
Caminar en el barro, suma.
Correr, suma.
Jugar, tengas la edad que tengas, suma.
Jugar a las escondidas, multiplica.

Caminar descalzo por el verde, suma.
Tirarse en el pasto, multiplica.

Tomar mate, suma.
Cebar mate, multiplica.

VIVIR LA VIDA, SUMA.
VIVIR LA MUERTE, RESTA.
SOÑAR, SUMA.
CREER, RESTA
¿?
 19/11/2007

martes, 5 de mayo de 2020

A salvo

Quien quisiera saber el destino para poder cambiarlo, se equivocaría. Él está escrito con indeleble pluma que pasea por cada vida.
Al cantar las melodías que el mundo entona, desafiante y desafinado, nos vemos unos frente a los otros. Pequeños de más, frente a las grandes dificultades; demasiado grandes frente a la felicidad del día a día. Construyendo sobre ladrillos que tienen tendencia a destruirse fácilmente. Imaginando alguien que éramos; o que queríamos ser, y no se pudo.
Pasan los años y, como hormigas en fila, nos movemos. Intimidados por lo que llamamos "sociedad".
Dicen de forma atinada, que un árbol representa la vida de una persona. El viento, al olvido. El frío, el orgullo. Por eso le tenemos miedo al invierno.
Sale el sol y con él, refloran los mejores momentos vividos. Uno por uno o atropelladamente. En toda regla, existen excepciones.
Trato de vivir en ellas.

Otoño, 2007.

miércoles, 15 de abril de 2020

La otra mitad del tiempo

Entonces, miró de costado y vio la mitad del tiempo. Hacía frío y el aire helaba las gotas de rocío que yacían en el asfalto. La calle vacía en la oscuridad de la noche estaba cubierta por un manto de niebla que le daba a la escena un aspecto fantasmal.

Pero era real. A su lado, un poco atrás, estaba la mitad de su tiempo. El camino por donde había dado los pasos para llegar hasta ese lugar donde estaba parada con su gamulán azul, forrado con corderito por dentro.

Cuando abrió la boca para hablar, su aliento se cristalizó un instante antes de desaparecer en la noche.

- Te extraño, ¿me extrañás?

Sabía que no había respuestas. Esperaba alguna señal del destino que le hiciera devolver las ganas de volver a ser la que había sido.

Siguió observando el vacío de la humedad del asfalto, el reflejo de las luces nocturnas. Nadie la miraba. Podría suceder cualquier cosa, nadie se enteraría.

El estar sola en la ciudad era su situación preferida. Pocas veces se daba esa oportunidad, pero la aprovechaba para meditar. La mitad del tiempo había sucedido. Por delante, sólo tenía futuro. Cualquier uno. Pero mientras se quedara en ese lugar, el tiempo estaría detenido. Ni siquiera un ruido. Goteos, papeles, viento, bocinas... todos estaban dormidos.

- ¿Me extrañás? - dijo a los gritos. Su voz retumbó e hizo eco, pero se apagó al instante devolviendo la quietud.

La luz del farol más cercano parpadeó. Una brisa helada hizo bailar su pelo delante de su cara y, al irse, se lo acomodó suavemente sobre el pecho.

Miró hacia abajo. Se vio. Nada de su ropa, ni su cuerpo, ni su pelo mostraba todo lo que había perdido. Los sueños no estaban intactos. Se rió sola, como una loca, a carcajada limpia. Su cordura, quizás tampoco. Se sonrió. Su dignidad, destruida. Arqueó el lado izquierdo de su boca, con pena. Su inocencia, corrompida. Seriedad. Su silencio, intacto. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su vergüenza, fortalecida. Rebalsó una lágrima y echó a correr por su mejilla. Su padre, muerto. Sus puños se cerraron con fuerza dejando caer una gota de sangre.

- ¿¡Me extrañás!? - suplicó entre sollozos.

Miró hacia la otra mitad del tiempo. Dio un paso de fe, aún con los puños firmes. Otro paso. Y otro. Vio la luz que se le aproximaba, pero el rocío helado la hizo resbalar cuando intentó dar un paso al costado.

El conductor del camión, que venía de descansar en el bar después de un viaje de dos días, se disponía a continuar su camino rumbo a Bariloche. Había comido un pollo con papas acompañado con una copa de vino tinto. Sacó el camión con cuidado del aparcamiento, hizo tres cuadras e intentó doblar. Encontró parada en el medio de la calle a una chica de gamulán azul que caminaba hacia el camión. No le dio tiempo a frenar, el rocío helado lo hizo resbalar cuando giró el volante espantado al ver a la luz a esa mujer con las manos y la ropa ensangrentada que gritaba: "¡Justicia!".

miércoles, 1 de abril de 2020

Diario de una Cuarentena - Día 21

Cuarentena -  Día 21

Estos días fueron surrealistas. Debo decir que jamás estuve preparada para algo así. Ni mi estado físico, ni mental, ni psicológico pensaron que alguna vez iba a pasar por estas vicisitudes.

Sí, colgamos la cinta blanca en una esquina del balcón. Ya era de noche cuando bajé sigilosamente por las escaleras y salí a mitad de la calle para corroborar que se veía. Dos días enteros esperé el maldito mapa que nos aseguraría arroz, azúcar, fideos ¿pan, café, carne? Realmente necesitábamos esos insumos. ¿Y alcohol? ¿Y lavandina? No sabíamos qué podría contener la bolsa de suministros que nos darían, pero en esos dos días nos encontramos varias veces fantaseando con su contenido.

Pero la espera se vio interrumpida por una noticia muy triste. Mi madre empezó a toser y levantó fiebre. La aislamos en el cuarto y nos mudamos al living. Esa misma tarde, cuando estábamos desinfectando el colchón y ventilando las sábanas, tocaron el timbre. Era Marilú con Sonia, la hija mayor. La noticia era terrible, Candela debía ser internada con urgencia. Se ahogaba y escupía sangre. Mientras le caían las lágrimas me dijo que ya había colgado la cinta blanca y Javier del primer piso, también. También me confesó, entre murmullos y a través del barbijo, que había pensado en mudarse con Sonia al departamento de Marta, que estaba desocupado desde que ella...

No tenía oídos para sus proyectos. Mi madre había empeorado de la mañana al mediodía. Bajé a comprar un jarabe para la tos a eso de las siete de la tarde de ese mismo día. La farmacia está a dos cuadras. Tenía mi documento, $500 y una bolsa de supermercado por si me paraba la policía.

Vi el final de la fila desde la cuadra anterior. Eran 20 personas separadas por un metro y medio de distancia. Yo era la número 21. Me acerqué a la puerta para preguntar si había algún jarabe, para no perder tiempo. Me asomé a la puerta y sentí... Me agarraron los brazos desde atrás y alguien me golpeó en la cara con algo frío. Me tiraron al piso, me ataron las manos y me pisaron la espalda para inmovilizarme. Era la policía. "¿Asique estás con ganas de hacer quilombo?". Me traté de explicar pero me dieron una patada en la costilla que me dejó sin aire y aprendí la lección. No tenía que decir nada.

Me metieron en una camioneta negra. Conmigo había cinco personas más. Algunas tosían. Yo me senté con mi pañuelo al cuello y mis guantes floreados y me acordé de Amalia. El motor arrancó. Nadie sabía a dónde nos llevaban. Después de lo que calculé una hora nos bajaron a los empujones, todavía con las manos atadas y nos llevaron a una carpa. Un médico nos revisó. Por lo que pude ver, estábamos en las afueras de la ciudad. El sol ya había caído, pero se veían a lo lejos las luces de los edificios.

Nos pidieron los documentos, se los llevaron y nos dejaron sentados como indios en el piso mirando hacia abajo. Conmigo había unas cincuenta personas. Grandes, chicos, jóvenes, ancianos. Varios tosían y escupían sangre.

Antes de que vuelva el policía con nuestros documentos, dos hombres de aproximadamente cincuenta años cayeron hacia adelante luego de toser de forma desenfrenada. Parecían desmayados. Ninguno de nosotros hizo nada. Estábamos aterrados. La mujer que estaba al lado mío, le sostenía la mano a su hija de unos diez años, por atrás de la espalda. Lloraba, rezaba, puteaba y volvía a llorar.

Volvieron cinco policías con los documentos secuestrados. Fueron llamando de a uno por el número de documento. Así como la persona se levantaba y se acercaba a ellos, se la llevaban a otra carpa y se escuchaba un disparo. Nombraron a dos que no se presentaron y entendí que estaban llamando a los infectados y matándolos a sangre fría.

Quedamos menos de veinte personas. Nos desataron las manos y nos dijeron que "volemos". Caminé mucho, me separé del grupo al segundo día, porque eramos demasiado sospechosos y temía que nos volvieran a "levantar". La primera noche no dormí. Caminé entre las sombras. Al salir el sol, compré agua y seguí caminando.

Cuando llegó la noche, necesitaba descansar. Encontré un asentamiento de cartoneros que, entre chapas y cartones, me armaron un espacio. Ellos sí tenían alcohol en gel, pero nada más. Faltaba comida. Cenamos pan duro, viejo. Así como salió el sol, me fui. No les di las gracias, sólo les dejé una botella de agua que había comprado con el resto del dinero que tenía.

Finalmente, llegué a casa. Subiendo por las escaleras, la vi a Marilú entrando con Candela a la casa de Carlos. Su hija había muerto. Por el color de su piel, su muerte no era reciente. Subí las escaleras con el corazón en la boca, temiendo por mi madre. Entré y no había nadie. ¿Dónde estaban?

Volví a salir y me choqué con Marilú que estaba como ida, volviendo de su ritual. "¿Dónde están?¿Dónde están?". Marilú me miraba con los ojos vidriosos y no respondía. Escuché voces, un tropel de pisadas subiendo las escaleras. Venían a buscar a Candela. Alguien había denunciado su muerte.

En los segundos en que tardé en volver corriendo a mi casa y cerrar la puerta, entendí porqué Marilú había llevado el cuerpo al departamento de Carlos. Entendí porqué mi familia ya no estaba. Había sangre en el cuarto de mis padres, y estaba segura que era la de mi mamá. El baño también tenía sangre.

Limpié, desinfecté, me bañé y esperé. En esa espera, me volvió la tos. La misma tos que se me había ido hace días. Me latía el pómulo izquierdo y lo tenía hinchado. Tenía un dolor de piernas insoportable. Y no era para menos, había caminado mucho. Me invadió un calor, un cansancio. Se me cerraron los ojos.

***

Para leer el capitulo anterior, hacé click acá:
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sábado, 28 de marzo de 2020

Diario de una Cuarentena - Día 16

Cuarentena - Día 16

Finalmente, nos llegó el emoticón del barbijo. La encontró Samuel cuando iba a pasear al perro. Así como tomó la nota del piso la hizo un bollo y la tiró en el piso del ascensor. Es de hacer esas cosas. Se caga en todo. Samuel y su firma rayada con llave en la puerta del ascensor; Samuel y su bolsa de basura que gotea un verde y maloliente líquido; Samuel y los arañazos en la puerta de su perro; Samuel y los gritos que pega cada vez que juega Boca, gane, empate o pierda... Samuel, Samuel, Samuel. Samuel no debe haber tenido una infancia feliz, porque lo único que quiere hacer siempre es llamar la atención.

Por suerte, la hija mayor de Marilú, Sonia, levantó el emoticón del piso. Fue a pegarlo en el altar que le hicieron en la puerta a Carlos. Sí, un altar. Al principio con velas, después las sacaron porque Dora les dijo que pueden iniciar un incendio en el edificio y con el caos que hay en la ciudad no van a poder venir los bombone bomberos a tiempo.

En mi rutina de ejercicio, esa la de bajar y subir las escaleras de todo el edificio, encontré el emoticón. Me quedé parada como diez minutos delante de las fotos, dibujos y flores, pensando en todas las cosas que encontrarlo significaba. ¿Estábamos en un barrio pobre? ¿Desde cuándo? José Luis, me tocó el hombro y me hizo salir de un salto de mis pensamientos. "¿Le estás rezando?". Y me reí como hace días que no me reía. A carcajada limpia. En su cara. Él sí le reza, porque siente culpa. Gracias a él, Carlos está en alguna fosa común, carbonizado.

Despegué el emoticón y le toqué el timbre a Marilú. "¿Vas a querer mercadería?" De fondo se escuchó una tos ronca, de niña. Sí, la más chiquita había caído. Fiebre alta, tos de perro y ninguna vacuna, ningún remedio.

Marilú me cambió de tema diciendo que la preocupación máxima es esterilizar el edificio. La escasez de alcohol, el único desinfectante eficiente para este tipo de virus, nos ha tocado a todos. En la tv siguen sosteniendo la cuarentena y a quienes salen, se los llevan. No sabemos bien a dónde. Hay camionetas de la policía y del ejército rondando para detener a quien no vaya a hacer alguna compra básica. Muchos disimulan su caminata con una bolsa de compras bajo el brazo, pero los siguen hasta el lugar de destino y de no ser cierto su relato, los suben. Hay cinco policías en cada supermercado para controlar la entrada y salida. Y la verdad es que casi nadie va a comprar muchas cosas porque corrés el riesgo de que te roben cuando volvés, como le pasó a Dominguez, el del 5° B, los del reggaetón.

Decidimos juntar todo el alcohol que teníamos en nuestras casas, en el pasillo del último piso, donde vive Dora. Fuimos todos los vecinos, somos sólo diez. El resto está atravesando esta dura enfermedad o ya murieron, como Carlos y Marta, la del 3° A.

Abigaíl, la esposa de José Luis apareció con el ojo amoratado. Y José se la llevó de un brazo, a los empujones. Todos nos quedamos callados hasta que escuchamos el portazo y Samuel dijo que deberíamos quemarlo. ¿Es que todos se volvieron piromaníacos últimamente? Juntamos botellas a lo pavote pero entre ellas no había ninguna de alcohol etílico. Sólo whiskys baratos, vodkas, un licor de huevo rancio, y cervezas... que no nos servían para desinfectar el edificio.

Para sorpresa de todos, luego de guardar el arsenal en la terraza de Dora, fuimos a la casa de Carlos. Fue todo tan turbio que no recuerdo bien si rezamos o sólo dijimos unas palabras para recordarlo. Después, con los mismos guantes floreados que Amalia me había regalado, abrí la puerta sin dificultad. Samuel se puso un ambo marrón, que era del marido de Dora, y entró con una caja de fósforos. Como si fuera un hada maldita fue tirando fósforos encendidos a su paso. Todos miramos cómo ardía la casa y los recuerdos. Marilú lloraba y yo estaba segura de que pensaba en su hija, en su tos y en su casa. Cada uno de nosotros imaginó sus pertenencias prendidas fuego.

Cuando todo hubo ardido Dominguez y Gimena trajeron los matafuegos de PB y extinguieron el fuego. Todo quedó hecho cenizas, hasta el altar que había preparado Marilú en familia, con tanto esfuerzo.

Nadie puso una cinta blanca hasta ahora, salvo nosotros. Mi papá, cuando se enteró de lo del emoticón, la puso sin preguntarnos. A la noche, cuando terminábamos de comer dijo: "vas a salir temprano, a la tarde y a la noche para ver si encontrás el mapa.". Y yo asentí en silencio. No tenía nada más para agregar. Necesitábamos comer, y alcohol.

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domingo, 22 de marzo de 2020

Diario de una cuarentena - Día 6

Cuarentena - Día 6

Todavía me siguen doliendo las piernas. Se viralizó un video de una mujer de mi edad, mas o menos, que está con el virus. Dice que el dolor de piernas, la tos, el resfriado es común. También dice que ella tuvo fiebre, yo no. Por las dudas, me cuido de no contagiar acá en casa.

Lo fundamental es no estar sin hacer nada. Me puse a hacer un video para conscientizar a la gente para que compren de a un artículo por vez. Hay un hashtag que es #NOALDESABASTECIMIENTO. Vi en el noticiero que los vecinos de una cuadra, se organizaron y salieron a buscar los recursos que necesitaban. Se iban turnando para no salir todos juntos. Pero en Brasil, varias personas armaron lo que se llaman "os blocos" son grupos de 4 a 8 personas que van arriba de un camión y frenan en los supermercados para entrar a la fuerza y sacar lo que necesitan. El líder de uno de estos grupos, habló en la tv y dijo que representan a 3 cuadras de familias que no pueden trabajar por esta situación, no tienen dinero para comprar lo esencial y no están dispuestos a esperar cómo los de arriba llenan y rebalsan sus heladeras, mientras ellos se quedan sin nada.

Todavía sigo sin barbijo, pero me ato un pañuelo. Me hace sentir una rebelde. Cada vez que salgo, les digo: Si no vuelvo, lo amo. Y cierro la puerta. Y Mateo se queda mirando con lágrimas en los ojos. El otro día, cuando volví, me abrazó y me dijo: "sos mi héroe, má".

Claudia me volvió a llamar. Hicimos video-llamada con Luz e Inés. Las cuatro que hacíamos yoga. El consejo de Inés de meditar y tirar luz al universo, es lógica. Vive hace años sin tv y en una casa en las afueras de Ezeiza, con un patio espectacular que parece un parque. Pero Claudia vive en un dos ambientes, sin balcón. Luz tiene cuatro hijos encerrados en su departamento de cuatro ambientes. Y yo... tengo balcón (con rejas), pero no me puedo quejar. Desde el universo, hasta una posible arma biológica, el origen del virus fue el hit de la conversación, hasta que se unió el marido de Luz. Él siempre nos frena cuando divagamos. Después de saludarnos, empezó a hablar de la tarea de los nenes, a pedir que Luz se ponga a hacer la comida, que tenía hambre. Pobre Luz. Claudia siempre le pregunta cuándo se va a separar y Luz se enoja. Inés se ríe,igual que yo. Es su mantra, siempre hablan de lo mismo e invariablemente termina con Luz enojada.

A la noche, con mi hijo y mis padres jugamos a inventar palabras. MUNOJADO, muy enojado; PARATOIA, paranoico con todas las cosas; MANEZA, limpieza de manos. Y así. Ya tenemos un lenguaje propio. Me da miedo que el encierro nos vuelva un poco locos.

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