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¿Por qué oBscuro?

Su origen es del latin obscūrus, su significado es "lo que carece de luz". La RAE la considera sinónimo de "oscuro", y recomienda usar la forma más simple, entre ellas dos.
Pero la obscuridad humana, lleva una B en el medio. Es compleja, innecesaria, desmedidamente bella, suburbio de lo social. Y es momento de mostrarlo, crudo... así como vino al mundo.
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domingo, 22 de marzo de 2020

Diario de una cuarentena - Dïa 4

Cuarentena - Día 4

Es una locura. Ayer salimos a aplaudir en los balcones a todos los médicos y enfermeros. ¿Y a los chicos de la basura? ¿Y los que trabajan en los supermercados? ¿Los colectiveros? ¡Los del diario! Es increíble que nos olvidemos de tantos y, a la vez, necesitemos el reconocimiento de los demás.

Hoy amanezco con la voz de una gorda sinvergüenza que pone en duda si el virus sea real o no. El entrevistador le pregunta el motivo de su desconfianza y ella, muy oronda, responde: no hay tantos muertos como decían que iba a haber. ¿Estamos esperando que muera gente? ¿Esa es nuestra esperanza? Si no muere la cantidad suficiente, ¿quiere decir que nos encerramos al pedo? Yo no sé qué pensar. Siempre me dio miedo la muerte. Y en las peores fantasías, podríamos imaginar que ahogarse es la forma más desesperante de morir.

En la televisión, literalmente, no hay otra cosa. Todos los noticieros, todos los programas, hablan de lo mismo: el virus que amenaza con apestarnos a todos. Si querés distraerte, alejate de la tv. Esa es la manera. Lee un libro, mirá una revista de antes de la pandemia, jugá algún jueguito en el celular, chateá, enviá memes; o, como último recurso, hablá con tu familia o seres concubinos.


Hoy me llamó Claudia. Ella está separada hace tres años. Tiene una vida social y sexual tan activa que, aunque me lleva cinco años, me hace sentir una vieja. Está preocupadísima. El italiano con el que salía hasta hace una semana le mandó un mensaje para hacer video-llamada y no sabe qué decirle. El otro chico que conocía hace una semana, que estuvieron juntos, que era un bombonazo, no responde los mensajes. Y ella se pregunta: ¿tendrá el coronavirus? ¿me habrá contagiado? Es entendible. Mucha saliva dando vueltas como para relajarse. Está haciéndose vapor, se compró alcanfor y lo lleva colgando como si fuera un amuleto.

Nuestra tos sigue constante y áspera. Todavía no tenemos fiebre ni ningún otro síntoma. Mis padres están perfectos. Creo que gozan de mejor salud que antes de la pandemia.

***

Para leer el capitulo anterior, hacé click acá:
https://desdelomasobscuro.blogspot.com/2020/03/diario-de-una-cuarentena-dia-3.html

Y para leer el primer capítulo de este relato hacé click acá: https://desdelomasobscuro.blogspot.com/2020/03/diario-de-una-cuarentena.html

jueves, 19 de marzo de 2020

Diario de una cuarentena - Día 3

Cuarentena - Día 3

De fondo se escuchan los dibujitos. El rumor de la calle se apagó. La banda sonora es de ensueño. Desde este segundo piso, siempre se escuchó hasta el murmullo de los porteros de la cuadra, intercambios cotidianos de noticias novedosas que se olvidan al día siguiente.

El perro de enfrente no para de ladrar. Es la primera vez que estamos todo el día en casa. Nunca lo había escuchado. Ladra sin parar, minuto a minuto. No le tiembla la voz a las cinco de la tarde, se mantiene constante. Qué voluntad. Al principio pensábamos que ladraba porque estaba solo, pero definitivamente es verborrágico, nada más.

Hoy fue un día exquisitamente horrible. Ni bien me levanté, entré a mi bandeja de entrada. Ni un sólo mail. Eso significa ni un sólo pedido de trabajo, ni un sólo peso a fin de mes. Me lo esperaba, pero no de forma tan repentina. Los diseñadores deberían tener trabajo hasta en el apocalípsis. ¿Quién no quiere promocionar sus ideas cuando todos estamos por morir? Es el enaltecimiento del capitalismo y del ego.

De todos modos, la psicosis de mis padres no me da respiro. El acceso a internet voló todos sus sensatos pensamientos y dejó apenas los sentimientos de desazón y catástrofe que anidan en ellos desde su más tierna infancia. Es verdad que el pasado de infartos cardíacos de mi padre y la hipertensión de mi madre los ponen en mayor peligro frente a este virus que te promete una buena neumonía.

La escasez de alcohol y lavandina sigue siendo mi mayor preocupación. Estuve planeando una misión. Hice un mapa. Marqué con rojo nuestra casa y con verde las distintas farmacias o potables lugares en que pudieran llegar a vender estos productos. Salgo con suficiente plata como para comprar unos buenos potes. Siempre tengo la teoría de que hay que ir lejos, porque siempre hay tiempo de volver. Es como un hechizo que garantiza (en mi mente) más oportunidades. Es un pensamiento mágico, claro está.

Me camino las cinco cuadras que marcan el radio de la circunferencia que tracé en el mapa. Es un comercio de venta de insumos de higiene. La fila llega hasta la esquina contraria. Cada persona deja un metro de distancia con el otro porque así lo sugiere nuestra condición de posibles infectados. ¡Qué prometedor!

Fue así, como llegué (después de media hora) a la puerta y escuchamos a la vendedora decir que era el último frasco de alcohol en gel. No podría explicar la adrenalina y el "pogo" del que fui parte. Psicosis colectiva, es poco. Pero... fui parte. Me empujaban de atrás y de adelante. Todos gritábamos. Nos movíamos como una marea colectiva. Alzando las manos y gritando por nuestro derecho a desinfectar nuestras manos, mientras estábamos compartiendo nuestro sudor, gotas de salivas que brotaban de nuestros reclamos...

Una chica, que ya había perdido de vista, pedía auxilio. Pero la multitud tapaba sus gritos con más gritos. Logré escabullirme y volví a casa corriendo. Subí por las escaleras con las llaves en la mano y ni bien entré, me metí en la bañera. No quiero volver a salir. Ya me siento con tos. Tengo un ganglio inflamado. Y aún no conseguí alcohol en gel.

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Para leer el primer capítulo de este relato hacé click acá: https://desdelomasobscuro.blogspot.com/2020/03/diario-de-una-cuarentena.html

martes, 17 de marzo de 2020

Diario de una cuarentena

Cuarentena - Día 1

Me tiene podrida. Minuto uno de la cuarentena voluntaria a la que fuimos llamados y ya no aguanto más. La convivencia es difícil pero siendo mujer el nivel de avasallamiento al que hay que sobrevivir es mayor que el que te impone esta infección inminente del virus que arrasó con la Tierra en cuestión de días.

La semana pasada esta realidad era inimaginable. Y acá estamos. Mis padres, mi hijo y yo confinados en cuarentena voluntaria. Quiero aclarar que ninguno de nosotros está enfermo. Sí hay algunas toses propias del frío y la humedad del clima. Pero nadie con fiebre alta o algunos de los síntomas que tanto tememos.

Era de esperarse, sí, que estos azotes virales y epidémicos que invaden la otra parte del mundo en algún momento llegasen a nuestros lares, pero no con la velocidad que lo hizo.

Primero, confirmaron tres casos; luego, una muerte. Dos días después ya eran veinte. Y  una semana más tarde, cerraron las escuelas, los shoppings y lugares abiertos para que no haya tanta gente junta en un mismo lugar.

Escuché tantos chistes al respecto que no pude evitar reírme. Pero cuando la hermana de la tía de un amigo de mi compañera de trabajo se infectó y tuvieron que internarla con una neumonía sin precedentes, me dejé de reír y empecé a compartir noticias y mensajes de Wsp que concientizan.

El vecino, Carlos, llamó a la puerta este mediodía. Dijo que compró todos los alcoholes en gel que encontró en el supermercado de la vuelta y que los tiene en su casa. Dado que somos vecinos desde hace veinte años, nos ofreció uno con la condición de que no le digamos a nadie. Tiene miedo que alguien le entre a robar.

Le acepté la ofrenda y le di a cambio unos guantes de látex que me habían sobrado de la caja de tintura. Mi mamá dice que fue una inconsciencia. Quién sabe cuántos gérmenes puede llegar a tener ese regalo y el mismísimo Carlos, que ya está en edad de riesgo.

La mañana se me pasó volando. Ordené la casa, las camas, la ropa. Hice la comida y dividimos la tareas. Esa parte fue el desencadenante de lo que promete una pesadilla.

Los adultos de la casa hicimos una lista de los quehaceres. Obviamente, mi padre se atribuyó tres tareas simples como sacar la basura y llenar las botellas de agua; mientras que a mi madre y a mí, nos corresponden las nueve tareas restantes, entre ellas lavar, cocinar, lavar y lavar. Esta injusticia patriarcal fue defendida por mi padre al grito de "¡Querés una mucama!", aunque no tenga ningún sentido. Es verdad que le tocará lavar los platos, pero es una tarea muy amena en comparación a la carga de toda la casa. Por suerte, lo hablé con Mateo, mi hijo. Él se va a encargar de lavar la ropa y poner la mesa.

El primer día y ya anduvimos a los gritos, por culpa del patriarcado.¿Quién lo diría? Los enemigos se siguen sumando.
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